Anoche fui a Lollipop, un nuevo restaurante-bar para la comunidad gay de Chapinero. El lugar es una promesa cumplida para quienes paseamos las calles de la ciudad buscando un buen cosmopolitan y buena comida.
Pero ya sabíamos que no iba a ser una noche más. Tan ataviados como hace diez años, tan ansiosos como a los 16 y tomando aquel taxi de siempre nos dispusimos al reencuentro.
Y es que hace una década los tres nos escabullíamos de nuestras casas para entrar a los bares rogando eludir nuestra minoría de edad, eran épocas en que se soñaba con un rescate cinematográfico de una vida abrumada por madres religiosas y maltratadoras.
Tiempos en donde la alternativa era huir, y lo hicimos con eficiencia. Explotaban las luces, la música y nosotros con ellas, pertenecíamos a un conglomerado de hombres y mujeres que buscaban un espacio para ser ellos mismos, sin las presiones de un colegio, un hogar o una oficina asfixiantes.
Escapamos y sobrevivimos haciéndolo.
Pero pasaron los años y decidimos erigir nuestras propias alternativas. Anoche nos miramos los unos a los otros sorprendidos porque habíamos dejado de huir y empezado a construir.
Y así, como en un cuento de hadas, la madre maltratadora ahora sonreía ante el valor de su hijo y atendía a los invitados; los príncipes se volvieron reales y firman uniones maritales de hecho en las notarías y, entre brindis, fuimos capaces de vislumbrar horizontes a media noche.
Lollipop se parece a nosotros, esta lleno de colores y buenas sensaciones, es cálido y reconciliador y tiene un gran futuro por delante.
Larga vida para un espacio que extrañábamos desde que perdimos un lugar para los tres.