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lunes, 2 de febrero de 2009

No quiero salir

Me encanta cuando grandes sucesos mundiales opacan los dramas personales. Pueden ser la posesión de un presidente afro, de una primera ministra homosexual o nuevas directrices de una corte constitucional. También pasa con catástrofes que me recuerdan el estrecho el linde entre el cuerpo y la falta de él, o lo aplazables que son los afanes que minan la tranquilidad de mis días.

A pesar de lo jubilosos o catastróficos que puedan ser esos momentos me encantan. Me gustan porque me hacen sentir pequeño… confortablemente pequeño: me acuesto en la inmensa cama de mis papás (si lectores del mundo, aún vivo con mis padres) y me como un helado o un chocolate mientras espío indiscreto e indolente el mundo, el allá afuera.

Ya no me afano por las entregas y los tiempos, por los contratos y las cuentas por pagar, todo puede ser otro día porque no importo, porque este pequeño yo –envuelto en sábanas blancas– es completamente prescindible ante los poderes de los hombres y las guerras de buenos y malos.

Mi psicoanalista diría que es un afán por regresar a un estado utérico donde nada ni nadie puede tocarme. Pero si nacer significa ser liberado al mundo real por un televisor, luego de dolorosas contracciones prefiero no salir… al final ¿quién espera por mí allá afuera?

Hoy me quedo aquí, viendo una versión más del mundo sin estar en él. Es cruel, es cínico, pero pasa. Hoy me declaro no nato.

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