viernes, 3 de septiembre de 2010
viernes, 21 de mayo de 2010
Me he despertado en la mañana. Paseo mi lengua por mi boca y me encuentro con el evento gerontológico de la semana: se me rompió una muela. Me doy la vuelta, no quiero estar consciente ante semejante panorama de salud oral. A continuación, sobre mi mesa de noche: “has comprado una crema reductora de abdomen, cuyo uso cotidiano es aliviar la mastitis de las vacas”. Suficiente, cierro los ojos y vuelvo a dormir.
Me despierto, otra vez. La muela y la crema. Cierro los ojos, vuelvo a dormir.
Último intento –uno siempre sueña cosas extrañas–, no abro los ojos aún, pero allí esta la muela, puedo oler la crema.
¡Abre los ojos!, ésta es la cruda realidad, no bastaron los cuidados ni el cepillado del doctor muelitas, no valió el gimnasio ni la anorexia de una semana y media. Ya nada vale hombre, estás grande y a los 26 ya llevas unos cuantos años de deterioro ¿no ves la almohada llena de pelos? ¿No te has visto planeando comprar una casa? ¿no te has oído pidiendo más respeto a tu sobrino adolescente?
Mejor hago el esfuerzo de levantarme, es tortuoso el panorama y tengo que enfrentarlo: llamar a la odontóloga y comprar el plástico protector para que haga efecto la crema. No viene mal un masaje con yema de huevo para el pelo y planear mis memorias ¿cómo se llamarán?: la muela rota, el vientre henchido; ó; la vida cae sobre la almohada.
Cubierto de vergüenza y sustancias, decido que sería mejor ahorrar unos pesos, es la mejor forma para tomar decisiones acertadas a los 30.
Por ahora, le va ganando el cirujano al analista… de lejos!