Mientras escribo páginas y páginas de una tesis que, con suerte, algún desprevenido lector sin mayores afanes ojeará, me pregunto ¿Por qué no estoy buceando en el mar? ¿Por qué no estoy lanzándome en un paracaídas? Meses y meses sin atisbo de descanso me hacen preguntarme ¿Por qué no me detuve antes? ¿Por qué no hacerlo ahora?
Bueno, lo primero es que no me gusta casi el mar, no es fácil de entender, pero es cierto; me dan miedo las alturas, está en mi ADN. Aunque debo confesra que esta experiencia, de culminar un asunto que al final no lleva para ninguna parte, es una actividad de alto riesgo. Puedo aterrizar en el duro cemento, el blando césped o la incómoda arena. Como sea, es un paso ciego que quizás vaya hacia el abismo, y puedo caer con fuerza.
Por fortuna esta mañana desperté abrazado a un confiable paracaídas, ronca un poco, pero estaré bien con ello.
dedicado a Cata, a su propio paracaídas y nuestro deporte extremo
La alegría del SÍ
Hace 9 años
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