Mientras estuve en esa ciudad –al otro lado del globo– me enamoré del tren. Todas las mañanas lo esperábamos como si fuéramos a un servicio religioso.
Oprimíamos el botón que anunciaba el tiempo que iba a tomar su llegada y tomábamos posiciones. Para la estación que nos correspondía, el tren ya iba lleno… todos nos dividíamos en los vagones de los extremos, que solían ser más cómodos.
Ella llegaba a veces tarde y aquel estaba siempre antes que yo. Lindos zapatos los de este chico que lograba agarrar el tren a último minuto. Éramos una familia de rutina, sin nombres, sin parentescos, pero que esperaban el tren.
Me gustaba pensar que el sol era el mismo y las gaviotas también, me gustaba pensar que no estaba solo y que los sonidos del metal y las puertas me hablaban un poco.
Adentro solía encontrarlo. Nunca pude quitarle los ojos de encima y era él quien cortaba el contacto visual manipulando su iPod. Tenía este pelo asimétrico y rubio y vestía de corbata, siempre encantador, alto y tan necesario.
A veces no coincidíamos, pero lo importante era cuando estaba. Me dejaba apurado en Parlament y yo cambiaba trenes en Southern Cross. Debíamos ser ágiles, era día de trabajo. Ten un buen día ¿nos veremos mañana?
Ya no estoy en la ciudad de los trenes y tranvías, y me pregunto si mi familia de estación recordará a ese que sonreía tanto. Que parecía saludarlos uno por uno. Que perdió el tren una vez en medio de improperios indescifrables de un idioma extraño.
Me pregunto si él intuye que lo extraño un poco; que escucho los metales rechinando y las puertas cerrándose. No sé si puede imaginar que lo llevo conmigo, que me corté el pelo ayer, y es así como el suyo.
Qué será de mí en él, qué será del tren, de Collinwood Station, de las gaviotas y del sol y de todos los que no volveré a ver.
Hoy cierro los ojos, les sonrío uno a uno a pesar del frío, tomo posición, me abro paso dentro del vagón y le deseo un buen día ¿nos vemos mañana?
La alegría del SÍ
Hace 9 años