(uno de los antiguos textos)
Yo solía cargar un cepillo de viajero en mi maleta, era verde y estaba protegido por una tapa transparente que cuidaba de las cerdas. El cepillo fiel a su destino me permitía asearme en todas partes… sólo hacía falta pedir un baño y en secreto saquear el tubo de la crema dental.
Pero un día la tapa se quebró y mi pobre cepillo quedó desprotegido, expuesto a las inclemencias de una maleta desordenada. Inmediatamente tuve que desecharlo, pero me hacía mucha falta; ¡no se imaginan cuanta!
El sábado evidencié mi descontento por su ausencia, inmediatamente tomé un reducido presupuesto y compre un Colgate en la tienda más cercana, me apuré porque fue enfático: No te demores por favor.
Mi nuevo cepillo es verde con blanco, tiene las cerdas ordenadas en zigzag y punta en forma de diamante. Aunque no es desechable me sirvió para esa noche y en la mañana le preguntaría si podía guardarlo en algún escondite para el otro fin de semana.
Al otro día pasó. Le pregunté, y muy natural el hombre respondió: déjalo en el baño, en el puesto de los cepillos, junto al mío. Había pasado. El romántico episodio del cepillo de dientes se escenificaba frente a mí, mi objeto ahora ocupa uno de los orificios del porta cepillos, uno junto al suyo.
Pasé un tiempo contemplando la escena: mi cepillo verde junto a su cepillo rojo; y me di cuenta que al igual que el útil de aseo, personal e intransferible, mi corazón ya no es como un acorazado cepillo viajero, ahora está expuesto y tiene un espacio para estar acompañado.
La alegría del SÍ
Hace 9 años